EL COLOR DE NUESTRO PUEBLO

(Por Cristian Yacuzzi)

El sol de la tarde se volvió compañero de la bandera whipala. Esa bandera de cuadros multicolor que representa a los pueblos originarios, y flameó a la par del pabellón nacional, allí al pie del Monumento a la Bandera. Cientos de personas de otras provincias se acercaron a disfrutar de un sábado en familia. Sentados sobre la Pachamama, en silletas u observando la majestuosidad del río Paraná.

Una tarde de excelencia, donde se mezcló la sencillez de las comunidades originarias y el espíritu de las Pascuas. El mate y las sonrisas esperaban las tortas asadas, que eran amasadas y puestas al fuego. El trío de violines O’nelek y la lectura de las palabras de Rosendo Fernández dieron el puntapié a un encuentro lleno de colores. El público acompañó con palmas a los bailes protagonizados por el Ballet Resplandor y Danzas Nabogó (Comunidad Qom), siempre y cuando sus manos se encontraran libres de las empanadas de quinoa o las famosas humitas que formaban parte del convite.
Con la llegada al escenario de Los Upayeros, los presentes se animaron a levantar el polvo con zapateos y zarandeos. Los pañuelitos de colores se agitaron al viento cuando las zambas florecían en las voces del grupo quechua.
Desde niños a abuelitos bailaron con las chacareras de Silvia Góngora, quien llenó Rosario de melodías y canciones norteñas.
Hubo tiempo para las emociones cuando Liliana Meza, integrante de la comunidad toba, dio rienda suelta a “Mujer trabajadora”, poesía de su autoría que narra la vida de su madre. Además, los pueblos se sintieron homenajeados con el saludo particular al evento que realizó Fortunato Ramos, el músico y poeta a quien pertenece el famoso poema “No te rías de un coya”.
Cuando el sol cayó, el calor se conservó mediante la música interpretada por Kimsa (tres en quechua), un grupo con integrantes de Bolivia, Perú y Argentina. El sonido de los sikus, quenas, charangos y bombos tan representativos del altiplano, eran la compañía perfecta para probar el vino traído desde Cafayate.
Despidiéndose de la linda jornada, no faltó el chamamé en manos de Raíces Mocovíes. Sin dudar, la gente no quiso volver a su hogar sin antes pasar por los puestos y llevarse un poncho de lana de vicuña o alguna artesanía en arcilla. De esta manera, emprendieron con el alma repleta del sentido de nuestra tierra.

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